lunes, 18 de enero de 2021

SEMBLANZA DE DON ANDRÈS BELLO LÒPEZ (IX)

 

SEMBLANZA DE DON ANDRÈS BELLO LÒPEZ (IX)

                                                        Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                              Profesor de Derecho Civil U. de Chile

 “El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

 SU LLEGADA A CHILE.

"Desembarca Bello en Valparaíso el día 25 de junio de 1829. Tiene ya 48 años, una edad que para el siglo diecinueve, era usualmente la antesala de la muerte. Arribó, describe Enrique Bunster, en el “velero Grecian con su esposa británica Elizabeth Dunn y sus hijos, sin secretario ni sirvientes y con un equipaje de emigrante pobre y muchos baúles y cajones repletos de libros y manuscritos.” Junto a su segunda cónyuge, le acompañaban cinco hijos, dos de su primer matrimonio (Carlos, de 14 años y Francisco de 11 años) y los otros tres del segundo (Juan, de 4 años; Andrés de 3 años; y Ana de un año). Ese mismo año nace en Santiago Miguel, pero fallecerá al año siguiente. Entre 1831 y 1846, llegarían ocho más.

Las crónicas de la época, pintan un retrato descarnado de Valparaíso, que tenía 20.000 habitantes. Los alemanes Eduardo Federico Poepping y el barón Federico Fernando Von Kutlitz, recogen en 1827 “una pobre impresión del Valparaíso de entonces, al que califican de tener calles estrechas y sucias, edificios pobres y alrededores desiertos”. Se comprenderá que resultaba inevitable para Bello y los suyos la comparación entre la metrópoli bullente que era Londres, y el modesto puerto chileno.

Santiago, por su parte, no podía tampoco compararse con ninguna mediana ciudad europea de la época. Hacia 1830, su población era de unos 48.000 habitantes. Su arquitectura era todavía la típica de una ciudad colonial, con calles estrechas y casas de un piso de fachada continua, con patios interiores. En verdad, la impresión que le provocó la capital de Chile no pudo ser muy favorable. Bello se encontró con “Calles sin empedrar, campanas que daban a toda hora el pregón de la oración, acequias desbordadas, voces de sereno comunicando el tiempo a un vecindario sumido aún en modorra secular, y en un extremo la mole sombría del Huelén, refugio de mendigos y maleantes…” Santiago todavía no comenzaba la transformación que llevaría adelante Vicuña Mackenna.

A su llegada a Chile, Orrego Vicuña describe a Bello como “…un hombre fuerte, de recia y sana contextura, trabajada por el sufrimiento y restaurada por la sobriedad de hábitos que tiraron siempre a lo patriarcal. La frente amplísima y muy despejada, los ojos ovalados, de sereno y profundo mirar, como hechos al buceo de las almas y a sumergirse largamente en el estudio y en la contemplación de la naturaleza y de los hombres. La nariz era aguileña, la boca fina, redonda la barba; el pelo escaso y ligeramente ondulado dejaba caer sueltas hebras entrecanas sobre la calva. La voz armoniosa y grave, diestra en el buen decir; los ademanes reposados, el gesto elegante. En suma, fisonomía agradable, prestancia de sabio, de maestro…”.

La situación del país no era nada de halagüeña. Un gobierno debilitado enfrentaba una feroz oposición. Bello, anotó que el país al que llegaba, se debatía “en facciones llenas de animosidad”. Emplea esa expresión en la primera carta que escribe en Chile, dirigida a su amigo José Fernández Madrid, Ministro de Colombia en Londres: “La situación de Chile en este momento no es nada lisonjera: facciones llenas de animosidad; una Constitución vacilante; un Gobierno débil; desorden en todos los ramos de la administración.”

Para apreciar el panorama político de Chile, sumido en una profunda crisis, conviene tener presente lo que al respecto escribe Alberto Edwards Vives: “En 1829, el partido liberal o pipiolo, colocado al cabo de largas vicisitudes en la posesión de un poder efímero y vacilante, se encontraba al frente de una oposición heterogénea a la que en vano se buscaría propósitos o ideales definidos. Pelucones, estanqueros, federales y o‟higginistas componían otros tantos grupos de descontentos, sin más lazo de unión que el deseo de escalar el poder. En tiempos de disolución social los partidos no necesitaban lógica cuando tratan de servir sus ambiciones y así no es extraño ni nuevo el espectáculo de aquella unión monstruosa de los pelucones que encontraban la Constitución de 1828 sobrado federal, y de los federales que la hallaban demasiado conservadora, de los o‟higginistas que querían restablecer el gobierno militar, y de los estanqueros que contaban entre sus filas a los más conspicuos de los carrerinos, víctimas de ese gobierno.”

En efecto, tras la abdicación de O’Higgins, Chile se había sumido en una profunda crisis política. En palabras de Enrique Bunster, después de O’Higgins, “sobreviene el carrusel político de pipiolos, carrerinos, pelucones, o‟higginistas, populacheros, federalistas, estanqueros, unitarios y neutros; se desata el caudillismo, enfermedad pegajosa de la América española, y se suceden las Juntas de Gobierno, los cuartelazos y la seguidilla de gobernantes que no acababan de acomodarse en su sillón cuando tenían que abandonarlo.”

Considerando lo anterior, no puede causar extrañeza que al enterarse Bolívar que Bello había aceptado viajar a Chile, escribiera desde Quito a su ministro en Londres: “yo ruego a Ud. encarecidamente que no deje perderse a ese ilustrado amigo en el país de la anarquía (…) Persuada Ud. a Bello de que lo menos malo que tiene América es Colombia (…) Su patria debe ser preferida a todas, y él, digno de ocupar un puesto muy importante en ella. Yo conozco la superioridad de este caraqueño contemporáneo mío. Fue mi maestro cuando teníamos la misma edad y yo le amaba con respeto. Su esquivez nos ha tenido separados (…) y por lo mismo deseo reconciliarme, es decir, ganarlo para Colombia”.

Pero la decisión ya estaba tomada por Bello, y para nuestra fortuna, no se arredró en viajar al país de la anarquía. Èsta, en todo caso, pronto cesaría.

El enfrentamiento decisivo entre quienes se disputaban la conducción del país, se produciría en Lircay, el 17 de abril de 1830. En los campos aledaños a Talca, la balanza se inclinaba a favor de Prieto y en desmedro de Freire. Quedaban así asentadas las bases para el inicio de los decenios, y para que inmerso en una sociedad más estable y ordenada, la capacidad intelectual de Bello encontrare un suelo más fecundo.

Ese mismo año de 1830, el 17 de diciembre, moría en la hacienda de San Pedro Alejandrino, abandonado, proscrito por los mismos que habían recibido sus favores y devorado por la tisis, el hombre que había soñado con la patria grande americana. No dudamos que Bello debe haberse enterado con dolor profundo de aquella pérdida. La muerte de Bolívar sepultaba el idealismo que había impulsado la gesta emancipadora y anunciaba una política de mayor realismo político. En Chile, el hombre que encarnaría dicho realismo político, sería Diego Portales Palazuelos.

Portales y Bello congeniarían movidos por una misma visión del mundo. En ambos, el pragmatismo se imponía sobre ensoñaciones ideológicas. Como acertadamente dice Encina de Diego Portales, “…nadie como él, en su época, se dio cuenta con igual claridad de la distancia que mediaba entre Bello y el resto de los intelectuales hispanoamericanos.” Portales, después de Lircay, deseaba vehemente incorporar profundas innovaciones en la legislación civil, procesal y penal. Tal deseo crecerá con la influencia de Egaña y de Bello. En el último, descubrió Portales al hombre que necesitaba para la realización de su propósito.

Creía Portales que la obra debía ser encomendada a un solo jurisconsulto para uniformar la tarea. Más, tal propósito no logra concretarse al no encontrar Portales el acuerdo del Congreso, y deberán pasar muchos años para que comenzara a cristalizar esta aspiración. Portales, no alcanzaría a ver estos primeros resultados.

Mientras tanto, el panorama en el resto de las jóvenes naciones hispanoamericanas era desolador. En Bolivia, Sucre era obligado a dimitir presionado por el Perú. Esta nación se enfrentaba después con Colombia. Las tropas peruanas se apoderan de Guayaquil el 21 de enero de 1829, pero después son derrotadas por las tropas colombianas comandadas por el mismo Mariscal de Ayacucho. En la propia Colombia, se subleva el general Córdoba, antiguo compañero de las guerras de la independencia de Bolívar y éste debe enviar una expedición para reducirle. En Venezuela, Páez, Mariño y otros jefes militares y políticos imponen su criterio en orden a la completa separación del país, que estiman capaz de ser gobernado al margen de la Gran Colombia.

El sueño de Bolívar se disuelve sin remedio. Uruguay, rompe definitivamente sus vínculos con Buenos Aires y en 1828, merced a la intervención inglesa, se convierte en un Estado tapón entre Brasil y Argentina, que se habían enfrentado entre los años 1825 y 1828 en una desgastadora guerra. Esta última, por su parte, se debatía en el enfrentamiento entre unitarios y federalistas, y tras la muerte de Dorrego a manos de Lavalle, hecho del cual el último se arrepentiría amargamente, Rosas instalaba su sombrío régimen de terror. Sólo Brasil escapa a esta anarquía colectiva, al instalarse en este país la Casa de Braganza, a cuya cabeza se encuentra Don Pedro I, en 1822. El Imperio brasileño se prolongará, después con Don Pedro II, hasta el año 1889. Así, paradojalmente, un régimen monárquico será el de mayor estabilidad durante el siglo diecinueve, en Sudamérica.

Todo esto explica, en nuestra opinión, por qué Bello, contratado por un gobierno presidido por un liberal, como era el presidente Francisco Antonio Pinto, se plegaría, al llegar a Chile, al bando de los conservadores. Nuevamente su inclinación por el orden y el pragmatismo político, prevalecían por sobre quimeras, que sólo anarquía y muerte habían traído a todos los pueblos hispano-americanos, tras las guerras de la independencia. Como señala Orrego Vicuña, Bello “Quería paz y disciplina, sin las cuales su magisterio resultaría, si no estéril, difícil. ¿Se las dio el partido conservador? Pues con él estuvo. Nada puede reprochársele. Los hombres del régimen liberal le habían contratado para servir a Chile y no a sus banderías.”

Continuará…

sábado, 16 de enero de 2021

SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (VIII)

SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ

                                               Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                  Profesor de Derecho civil U. de Chile

 

“El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

 

                                                                             (VIII)

“Por aquél entonces, en la tertulia de su colega, el ministro de Colombia, don Francisco Antonio Zea, a la que concurrían algunos americanos de nota, cultivará la amistad de un hombre que será decisivo en su vida, el polémico guatemalteco-chileno Antonio José de Irisarri, Ministro Plenipotenciario de la Legación de Chile en Londres, que había dejado tras de sí una turbulenta estela de actuaciones políticas.

Aunque de caracteres muy disímiles, pues el centroamericano era ostentoso y amigo de las aventuras, los unía su dedicación a la literatura, el ejercicio del periodismo y su erudición. En varias oportunidades, visitaron juntos el Museo Británico.

Irisarri, cinco años menor que Bello, aparece en los albores de nuestra independencia, formando parte de la familia Larraín, llamada también “los ochocientos”. Había destacado por sus artículos incisivos y revolucionarios publicados en la “Aurora de Chile”. Hacia 1813, en las columnas de “El Monitor” y de “El Semanario”, preconizaba el ideal de la independencia absoluta.

En los momentos cruciales de la Patria Vieja, tras la derrota de Talca, el Cabildo de Santiago, el 7 de marzo de 1814, a instancias de Irisarri, nombra como Director Supremo a Francisco de la Lastra, a la sazón gobernador de Valparaíso, asumiendo en el intertanto dichas funciones el propio Irisarri. Luego, a petición de Lastra, Irisarri sería designado gobernador-intendente de Santiago. Después, al precipitarse el enfrentamiento entre San Martín y los Carrera, tomaría partido por el primero. Luego, durante la Patria Nueva, sería nombrado ministro del interior. Pero pasaría a la Historia, por el empréstito contratado para el Estado chileno, con la Casa Hullet, de Londres, contraído el 26 de agosto de 1819, por un millón de libras. Las condiciones eran leoninas, pues Chile reconocería 100 libras por cada 50 que recibiese.

Como era de esperar, tales condiciones suscitaron honda indignación en Chile, ordenando O’Higgins a Irisarri suspender las negociaciones. Irisarri no obedeció, y contrató el empréstito. Como señala Encina, todo hace suponer que Irisarri esperaba con avidez la respectiva comisión. Pero en política, hoy como ayer, se han visto cadáveres vivientes. Años después, en 1837, Irisarri sería incorporado, en calidad de asesor de Blanco Encalada, en la desastrosa expedición al Perú, que culminaría con el vergonzante Tratado de Paucarpata. La “tornadiza opinión había olvidado ya sus manejos en el asunto del empréstito inglés”. El tratado fue repudiado con virulencia en Chile, ordenándosele a Irisarri regresar a Chile, para rendir cuentas. Como se negare a hacerlo, fue condenado a muerte in absentia.

Pero en la época en que Bello le conoce, su estrella estaba lejos de eclipsarse. Irisarri encomendaría entonces a Bello, el primer servicio que el segundo prestaría a Chile, a saber, informar acerca de la conveniencia de instaurar en nuestro país, el sistema lancasteriano de educación, que O’Higgins conociera durante su estancia en Inglaterra. Bello lo estudió y desaconsejó adoptarlo, pero increíblemente, Irisarri lo desoyó y encomendó al gobierno chileno instaurarlo.

En marzo de 1821, Bello había solicitado a Irisarri un puesto en la Legación chilena, con el propósito de obtener así un ingreso estable. En junio del año 1822, Bello asume como secretario interino del Ministro de Chile, en reemplazo de Francisco Rivas, que había partido a Venezuela en uso de licencia. En febrero de 1824, Bello contrae matrimonio con Isabel Antonia Dunn. Tres hijos nacerían en Londres: el segundo Juan, Andrés y Ana. Ese mismo año, en mayo, Mariano Egaña, por decreto de Ramón Freire, nuevo Director Supremo de Chile tras la caída de O’Higgins, recibe poderes de Ministro Plenipotenciario ante los Gobiernos de Gran Bretaña, Francia, Austria, Rusia, España y los Países Bajos.

Junto a Egaña, se nombra a Miguel de la Barra como secretario de la Legación en Londres. Egaña venía prevenido contra Irisarri, a consecuencia de sus manejos en la contratación del empréstito con la Casa Hullet. Egaña –escribe Joaquín Edwards-, creyó inicialmente que Bello, en su condición de secretario de Irisarri, “sería un solapado cómplice de éste. Ninguno de los dos era chileno. Irisarri guatemalteco y Bello venezolano. ¡Bonito pastel! Poco a poco Egaña fue descubriendo la pasta verdadera de Bello y comenzó la estimación mutua que duraría hasta la muerte.”

¿Cómo era aquél Londres que acogió a Bello y a tantos otros americanos y europeos que huían del continente convulsionado primero por la revolución francesa y después por las guerras napoleónicas y la represión desatada con la restauración borbónica en España? Joaquín Edwards hace una colorida descripción: “Imaginemos a ese Londres regido por una Corte disipada, precursora de la esplendente época victoriana. Dickens había nacido ya. Bello se movió en el Londres de Dickens, en esas calles bullentes de miserables, de borrachos, de prostitutas, de pickpockets, de lords y de damiselas, de emigrados franceses horrorizados por la guillotina, de jugadores y de comerciantes”.

Ese Londres contradictorio, cuya población sobrepasaba el millón y medio de habitantes y cuya iluminación pública asombraba a los visitantes, fraguaba sin embargo un grupo de hombres que en pocos años, elevarían a Gran Bretaña a la cima del poder mundial, bajo la dirección de Victoria, cuyo nacimiento ocurriría 9 años después de llegar Bello a la ciudad destinada a convertirse en la capital del mundo, en la segunda mitad del Siglo XIX.

Durante sus diecinueve años en Londres, Bello sería testigo de enormes acontecimientos históricos, como el auge y caída de Napoleón Bonaparte, la restauración monárquica en Europa bajo la dirección de Matternich –que restituyó en España la corona a Fernando VII, que tanto decepcionaría a los americanos-, el ocaso definitivo del poder peninsular en las tierras de América y el nacimiento de las nuevas repúblicas, el fracaso de la anfictionía bolivariana, cuya partida de muerte se firma en el fracasado Congreso de Panamá de 1826 y la vorágine anárquica en la que se precipitarían los nacientes Estados surgidos de la emancipación.

Pero eran también tiempos de avances científicos y tecnológicos que auguraban una mejoría en la calidad de vida. Así, por ejemplo, en 1818 se instala el alumbrado a gas en París, y al año siguiente, el vapor “Savannah” realiza la primera travesía de un barco de ese tipo entre un puerto americano y otro inglés, mientras Beethoven, Berlioz y Mendelsohn se encuentran en plena producción.

Hacia 1825, Bello ya se había retirado de la Legación de Chile. La desconfianza de Mariano Egaña todavía no cedía. Su labor intelectual no cesaba sin embargo, y había intervenido en la publicación de “El Censor Americano”, que sólo tuvo un tiraje de cuatro números. Colaboraría luego con “La Biblioteca Americana”, que tuvo dos números. Se trataba de publicaciones que abordaban la política, la geografía, las ciencias y la cultura de América.

En 1826 y 1827, publica Bello, junto a García del Río, el “Repertorio Americano”, que alcanzó a cuatro números. En el primero, incluye la silva sobre “La agricultura de la zona tórrida”, obra que supura nostalgia por la tierra americana. Publica también su “Alocución a la Poesía”, en la que –en palabras de Orrego Vicuña- “se muestra con esplendor su estro poético”.

Ambas composiciones eran sólo fragmentos de una obra mayor, que pensaba escribir bajo el título de “América”, proyecto que en definitiva no podría materializar. La primera es un canto a la agricultura tropical, “…una visión magnífica de las tierras cálidas, un himno a lo autóctono, al mundo americano que despliega ante los ojos del extranjero todas las seducciones de su suelo virgen aún, el sabor de lo ignoto y la atracción de lo pródigo. “La Alocución a la Poesía” es un poema en homenaje a los tiempos de la independencia y a los héroes nativos.

Por los versos de Bello desfilan San Martín, Bolívar y Miranda, Caupolicán y Manco Cápac.”. De aquellos años, son también su “Himno de Colombia”, dedicado a Bolívar y después, su “Canción a la disolución de Colombia”, composición en la que vuelca su dolor ante el derrumbamiento de la obra magna de Bolívar.

El 7 de febrero de 1825, asume como secretario de la Legación de Colombia. Sin embargo, el encargado de la Misión, Manuel José Hurtado, no simpatizaba con Bello, a consecuencia de las ideas monárquicas que el último había preconizado. La situación no era nada grata, además, porque las remuneraciones no se le pagaban regularmente. La situación cambia con la designación como nuevo Ministro del poeta José Fernández Madrid, excelente amigo de Bello. En aquel momento –corría el año 1827-, insta a Bolívar para que lo llame a servir junto a él. Después de 15 años en Europa, el deseo de retornar a tierra americana se acrecienta. Pero no será Colombia quien obtenga sus servicios.

Egaña, extinguida su renuencia inicial para con Bello, propone al gobierno chileno, el 10 de noviembre de 1827, que se le contrate en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En su comunicación al ministro del ramo, el presbítero José Miguel Solar, destaca Egaña, entre otros méritos del caraqueño, su “educación escogida y clásica, profundos conocimientos en literatura, posesión completa de las lenguas principales, antiguas y modernas, práctica en la diplomacia, y un buen carácter, a que da bastante realce la modestia.”

En aquel tiempo, nada se hacía muy rápido. Sólo el 15 de noviembre de 1828, Miguel de la Barra transcribe a Bello la aceptación del gobierno de Chile, que presidía Francisco Antonio Pinto, que había cultivado amistad con Bello durante su estada en Inglaterra. Bello aceptó y se le proporcionaron 300 libras para el viaje, entregándole Mariano Egaña una recomendación para su padre, Juan Egaña, propietario del lugar en el que hoy nos encontramos, para que recibiera a Bello y su familia, con la “antigua cordialidad y llaneza chilenas”.

Su remuneración ascendería a 1.500 pesos anuales, que correspondía al sueldo de los oficiales mayores o subsecretarios de ministerio. Entretanto, Bolívar, recordando cuando ya era tarde su antigua amistad, pensó en nombrarlo ministro en Estados Unidos. El ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Revenga, expresaba a Bello por su parte: “véngase usted a nuestra Colombia, mi querido amigo; véngase usted a participar de nuestros trabajos y de nuestros escasos goces. ¿Quiere usted que sus niños sean extranjeros al lado de todos los suyos y en la misma tierra de su padre? Esfuerzos vanos, pues Bello ya se encontraba en viaje a Chile.”

Continuará… 

viernes, 15 de enero de 2021

SEMBLANZA DE DON ANDRES BELLO LOPEZ (VII)

 

SEMBLANZA DE DON ANDRES BELLO LOPEZ

                                                     Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                               Profesor de Derecho Civil U. Chile

 “El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

 (VII)

"Poco se sabe, en verdad, de la vida de Bello en sus primeros años londinenses. El 26 de marzo de 1812, se restablece la autoridad española en Caracas, tras ser derrotada la Confederación Americana de Venezuela. Ello trae como directa consecuencia, que López Méndez y Bello quedan en Londres desprovistos de toda representación y carentes de recursos, y como es obvio, sin posibilidad de volver a la patria. La necesidad apremiaba la existencia de Bello en Londres, e intenta obtener la autorización de las autoridades españolas, para ser admitido en algún territorio de la Corona. Contacta al embajador de España en Londres, Conde de Fernán Núñez y Duque de Montellano, y envía en junio de 1813 una carta a la Regencia de España.

En los documentos que se conservan de esta correspondencia, se trasluce un Bello vacilante y que intenta justificar su proceder antes de la restauración del gobierno español. Declara no haber tenido una intervención protagónica en los movimientos que habían precedido la revolución y destaca la notoria moderación de sus opiniones y conducta. Aunque en rigor no faltaba a la verdad, su actitud no nos parece totalmente exenta de reproche. Aunque también debemos admitir que se trataba de flaquezas comprensibles en un momento especialmente difícil, lejos de la patria, de la familia y de los amigos.

Por lo demás, Bello era sincero en su ideal de un gobierno monárquico, aún para los países americanos. En carta de 15 de noviembre de 1821, le dice a Miguel de Mier: “La monarquía (limitada por supuesto) es el único gobierno que nos conviene; y (…) miro como particularmente desgraciados aquellos países que por sus circunstancias no permiten pensar en esta especie de gobierno.” No creía Bello que la democracia fuere el sistema que pudieran adoptar las jóvenes repúblicas americanas, y en ello, compartía las mismas ideas de O’Higgins, Rivadavia, San Martín y muchos otros próceres de la independencia. En cuanto a la actitud vacilante entre revolucionarios y partidarios de la Corona, nadie podría condenarlo.

Se cuenta que en Chile, después del desastre de Cancha Rayada, “muchos chilenos de significación, aterrados por su propia suerte, escribieron al general realista Osorio declarándose ardientes partidarios de la metrópoli y firmes sostenedores de la causa del rey. No ahorraban tampoco denuncias de patriotas. Estas cartas estaban en la valija que encerraba la correspondencia secreta del jefe español, y que éste abandonó al huir (…) del campo de Maipú”. San Martín, a la sombra de un álamo, según relató su edecán O’Brien, leyó una a una las cartas que comprometían a tantos notables, para después, sin revelar su contenido, despedazarlas y arrojarlas al fuego.

A instancias de López Méndez, el gobierno argentino, por intermedio de Manuel de Sarratea, dispone enviar a los dos venezolanos una pensión anual de 150 libras. Pero sólo llega la primera remesa y nada más53. López Méndez obtendría también un auxilio de 1.200 libras, que permitió defenderse a los dos diputados por un tiempo. Después, las obligaciones contraídas por la representación diplomática y que los acreedores exigirían implacablemente, terminó con López Méndez encarcelado en más de una oportunidad.

Era una época en que las deudas impagas llevaban al obligado a prisión. Paralelamente, los contactos con Buenos Aires continuarían, y en noviembre de 1815 se instruye a Sarratea para que proporcione a Bello los medios para trasladarse a la Argentina, pero el viaje no se concretará. Por aquellos años, un amigo, el español y famoso escritor José María Blanco White, autor del soneto “Mysterious Nigth”, celebrado por Coleridge, le ayudará, consiguiéndole alumnos a quienes Bello imparte clases particulares de latín, francés y castellano, obteniendo con ello ingresos suficientes para vivir con dignidad.

En especial, ayudaron a Bello las lecciones que impartió en casa de Mr. Hamilton, secretario de Estado para la India en el gabinete inglés. En retribución del trabajo de Bello, Hamilton le ofreció casa, comida y 100 libras de renta. De esta forma, podría afirmarse que gracias a Blanco White, sería Chile y no las Provincias del Río de la Plata quien se beneficiaría con el trabajo ingente que Bello estaba destinado a ejecutar.

Resuelto así por el momento el problema del sustento diario, contrae matrimonio con María Ana Boyland en 1814. Tenía ella 20 años (había nacido el 12 de septiembre de 1794). Tras 7 felices años de vida conyugal con Bello, María Ana fallece el 9 de mayo de 1821, dejándolo viudo, con dos hijos, de nueve y seis años, Carlos (nacido el 30 de mayo de 1815) y Francisco (nacido el 13 de octubre de 1817). Un tercer hijo, Juan, nacido el 15 de enero de 1820, había muerto un años después. El matrimonio vivió en el número 18 de la calle Bridgewater.

Las complicaciones económicas volvían a presentarse, y ahora más acuciosas, pues debía mantener a sus dos pequeños hijos. Se dedica entonces a la preparación de algunos jóvenes para su ingreso a la universidad, y se le encarga descifrar los manuscritos de Jeremías Bentham, trabajo que le consigue su amigo, el filósofo y economista James Mill, padre del después célebre John Stuart Mill, también, igual que su padre, filósofo y economista y quien predicaría una moral utilitarista, a partir precisamente de las ideas de Bentham.

Igualmente, Mr. Blair –por intermedio del mexicano José María Fagoaga- le hizo corregir una traducción española de la Biblia. Al ejecutar este trabajo, “con aquél concienzudo espíritu con que lo emprendía todo”, le haría proponer, como indispensable en toda traducción, el principio de una fidelidad escrupulosa al texto original. Se haría un asiduo visitante del Museo Británico, a cuyos empleados su figura llegó a hacerse familiar, utilizando su completa biblioteca. Estudia allí, entre otras obras, el “Poema del Cid”, respecto del cual hace un profundo y celebrado estudio, que se publicará de manera póstuma, los “Nibelungos”, el “Orlando Enamorado” y compone, en inglés, una “Historia de Carlomagno y de Rolando, atribuida a Turpín, Arzobispo de Reims”. 

Estudia igualmente prosodia, gramática y derecho65. Realiza también investigaciones en materias pertenecientes a la filología, la astronomía y la medicina, redactando un apunte para una memoria histórica sobre el origen de la sífilis, en la que examina si fueron los indígenas americanos quienes transmitieron a los europeos el contagio de la terrible plaga, concluyendo que la enfermedad ya era conocida en el mundo antiguo.

La sed de conocimientos de Bello parece inagotable y el Museo que frecuenta resulta el lugar preciso para saciarla. El Museo Británico ya asentaba su fama mundial, y por esos mismos años – concretamente en 1816-, había adquirido las esculturas del Partenón, arrancadas por Lord Elgin. Bello, que admiraba a los griegos, debe haberse extasiado contemplando esos mármoles modelados por Fidias y sus discípulos en el momento en que Grecia había alcanzado su cenit.

En este ambiente, dice Orrego Vicuña, “La niebla exterior, la miseria, el desamparo máximo se transmutan allí en haces de luz, en pura alegría intelectual, en ardiente fiebre de trabajo.”.

Continuará…

SEMBLANZA DE DON ANDRES BELLO LOPEZ (VI)

 

SEMBLANZA DE DON ANDRES BELLO LOPEZ

                                                     Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                               Profesor de Derecho Civil U. Chile

 

“El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

 (VI)

"Bolívar regresaría a su patria en septiembre de 1810, en la corbeta “Sapphire”. Está impaciente por iniciar la revolución. Miranda, le ha prometido seguirlo en breve. Bello, opta por permanecer en Londres, como secretario de la Misión, a cuya cabeza queda López Méndez. Los amigos, de esta forma, se distancian y no volverán a encontrarse. ¿Qué les habría deparado el destino, a ellos y a las propias naciones americanas, si Bolívar, con más perspicacia, hubiere retenido a Bello como su consejero? La respuesta pertenece al ámbito de la especulación histórica, al terreno de la ucronía. Pero resultan muy interesantes los conceptos que sobre el particular, vierte Edwards Bello: “Bello y Bolívar eran extremos y como tales debieron tocarse y complementarse, como se complementan (…) el frío del Norte con lo cálido del Sur; como se complementan el verbo y la acción.

Desde el momento que perdió a su maestro, Bolívar apagó su antorcha y nada más que tinieblas sucedieron en la Gran Colombia a las victorias guerreras. Las luces se fueron a encender en las cordilleras del Sur, que seguirán brillando a pesar de cuanto digan, como los mayores fanales de cultura de nuestra América.

Bello y Bolívar, colocados así juntos, en Caracas, debieron correr juntos la carrera. La revolución de la independencia careció de fuerza centrípeta o de núcleo desde el momento que esos héroes se divorciaron; la victoria guerrera sin el auxilio espiritual perdió su fuerza. (…) Bolívar ganó la guerra contra España, como O‟higgins y San Martín en el Sur; pero todos ellos perdieron la guerra contra la tiranía de adentro, contra el espíritu de desorden y disgregación.”

En Venezuela, no faltaron quienes deslizaron críticas a Bello por su escaso interés en la revolución emancipadora. En verdad, el temperamento de Bello no estaba hecho para la faz agonal de la política, para el enfrentamiento directo con el enemigo, para la brega proselitista o el lenguaje de las armas. Por cierto, en ciertas épocas, los pueblos requieren de hombres que levanten las banderas y se pongan al frente en el combate. Pero Bello no estaba llamado para esa lid.

Bello, a quien Salvador de Madariaga llamaría “la flor de Caracas”, de haberse sumergido en la lucha revolucionaria, habría sido “destruido (…) por la tromba que se aproximaba, como serían destruidas todas las creaciones venezolanas, inclusive las crías de caballos y de vacunos”(…) Observó los hechos como empleado público y cronista modesto”. Era un organizador, un constructor, y por lo tanto, el hombre indispensable para la segunda fase de la política, es decir, la faz arquitectónica. Por lo demás, no era un malagradecido. No olvidaba que salido de una familia empobrecida, había hecho carrera en la administración española, junto a los capitanes generales Guevara Vasconcelos, Las Casas y Emparán.

La revolución americana había sido obra de jóvenes ricos, pertenecientes a las familias más aristocráticas. Criollos que por su situación, reclamaban para sí el poder político, resentidos por los desaires de los funcionarios que la Corona enviaba a sus dominios. Ello explica que fueran hombres como Bolívar, San Martín, O’higgins y los Carrera, quienes encabezarían las huestes emancipadoras. Todos hijos de familias ricas.

En Venezuela, igual que en Chile, la revolución fue cosa de aristócratas, de los hijos de “los grandes cacaos”, así llamados por ser los dueños de las grandes haciendas, que habían pagado sus títulos de condes y marqueses con fanegas de cacao. Bello, no formaba parte de este grupo de jóvenes nacidos en cuna de oro, algo irresponsables y muy idealistas. En ellos, la pasión prevalecía sobre el juicio, la razón.

Bello, por el contrario, observaba los acontecimientos con el escepticismo del que conoce en profundidad la naturaleza humana. En esta actitud cerebral, frío ante los espasmos revolucionarios, Bello se asemeja a Portales, quien tampoco tomó parte en la revolución emancipadora. Como escribió Edwards Bello, Portales “No sintió la revolución de 1810 por ningún lado, ni por el de los llamados patriotas ni por el de los godos (…) Bello no sintió la revolución americana con la fuerza sanguinaria y la precipitación de otros jóvenes de su tiempo. Estaba reservado para faenas de mayor nobleza y eficiencia.”

Continuará…