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ACCESO A LA JUSTICIA |
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Doctor Juan Rafael Perdomo |
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ANTE LA LEY
“Hay un
guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre del campo que pide ser
admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la
entrada. El hombre reflexiona, y pregunta si luego podrá entrar. "Es
posible”, dice el guardián, "pero no ahora". Como la puerta de la Ley
sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El
guardián se ríe, y le dice "Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más
subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada
por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un
aspecto que yo mismo no puedo soportar." El hombre no ha previsto esas
trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible a todos los hombres, pero al
fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y
deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale
esperar. El guardián le da un banco y lo
deja sentarse junto a la puerta. Ahí pasa los días y los
años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus
peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca
de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor
importante, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre,
que se había equipado de muchas cosas para su viaje, va despojándose de todas
ellas para sobornar al guardián. Este no las rehúsa, pero declara: "Acepto
para que no te figures que has omitido algún empeño." En los muchos años
el hombre no deja de mirarlo. Se olvida de los otros y piensa que éste es la
única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su
perverso destino; con la vejez, la maldición decae en quejumbre. El hombre se
vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas
en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el
guardián. Al fin se le nublan los ojos y no sabe si estos lo engañan o si se ha
oscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye
inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su
agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al
guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián
se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado
muchísimo. "¿Qué pretendes ahora?", dice el guardián; "eres
insaciable". "Todos se esfuerzan por la Ley", dice el hombre.
"¿Será posible que en los años que espero nadie haya querido entrar sino
yo?" El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que
gritarle para que le oiga: "Nadie ha querido entrar por aquí, porque a ti
solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla."
FRANZ
KAFKA. Ein Landarzt (1919). pp. 237-238
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