martes, 18 de mayo de 2021

LOS SONIDOS DEL 36 - III [NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, TERCERA PARTE]

                                                             LOS SONIDOS DEL 36 - III

[NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, TERCERA PARTE]

Caracas, 3 de mayo 2021

                                                                                                  Por Tomás Straka


"¡Ay, Galavís, vete de aquí!: el 14 de febrero

El General Félix Galavís, gobernador del Distrito Federal, decidió que había que ponerle un alto al asunto. Protestas todos los días, atrevimientos inauditos en la radio y los periódicos, llamados al desorden. Las cosas no podían seguir así. Por eso suspendió las garantías e impuso un control de prensa.

 

Galavís era la encarnación del general gomecista típico: tachirense, curtido en las viejas guerras civiles, monolíticamente leal al Jefe recientemente muerto, hombre de no tolerar ningún desorden. Y por eso era, también, el villano perfecto.

 

Una vez más el soundtrack del momento nos permite delinear cómo lo sentían los caraqueños de la hora. Aunque la moda del tango seguía firme y la gente no terminaba de llorar la muerte de Gardel, poco a poco también se abría paso a la música cubana. Hollywood y la industria disquera norteamericana difundían con abundancia congas, rumberos con sus holanes, rumberas con sus faldas inquietantemente cortas, aplaudidos en todo el mundo. Venezuela, tan vinculada con Cuba, no podía ser la excepción. Así las cosas, a Galavís se le sacaría un estribillo cambiándole la letra a un son montuno, al parecer del Trío Matamoros: “¡ay, Galavís/ay, Galavís/vete de aquí!”. Quien escribe no ha logrado hallar más datos sobre el tema parodiado. (Valga acá un excurso: la visita de Matamoros a Caracas en 1933 generó una sensación que de algún modo preludió a la que causaría Gardel, aunque no tan grande, ya que el son nunca fue un fenómeno de todas las clases: ¿habrá ido a verlos Diego Cisneros? ¿Hubiera podido imaginarse el papel que tendría después de 1959 reinsertando actores cubanos en la televisión venezolana? ¿Habría oído Cisneros entonces algo acerca de la televisión?)

 

Pero eso fue sólo el principio. La respuesta a las medidas de Galavís fue más allá de las coplas. Una de las tantas organizaciones políticas que se estaban organizando o reagrupando por aquellos días, la Junta Patriótica, llamó a una protesta el 14 de febrero en la mañana. Dirigida por un antigomecista de la generación más vieja, Jorge Luciani, y arropándose con un nombre de resonancias históricas, su funcionamiento fue más bien fugaz, pero le tocó ser nada menos que el convocante de lo que sería un hito histórico. Por supuesto, no iba en solitario. Para ese día también fue convocada una huelga por la bastante más poderosa Asociación de Empleados (ANDE), dirigida por Alejandro Oropeza Castillo, y una de las raíces de lo que en los siguientes años serían la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y Acción Democrática.

 

En un principio, la concentración no insinuó nada fuera de lo común. Sin embargo, las cosas terminaron saliéndose de control. Los manifestantes decidieron ir a la Plaza Bolívar, frente a la sede de la gobernación del Distrito Federal. La situación se hizo muy tensa y lo que ocurrió después no ha quedado nunca claro. No se sabe quién dio la orden, si es que alguien la dio, o si fue que a alguno de los soldados que custodiaban el lugar lo vencieron los nervios, pero el hecho fue que comenzó un tiroteo con saldo de seis muertos y ciento cincuenta heridos. La noticia corrió como una descarga eléctrica por la ciudad, generando una indignación muy honda, tal vez como nunca antes haya pasado, por lo menos que se tenga registrado.

 

Ante aquello, los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (que quedaba a una cuadra de la Plaza Bolívar, en el actual Palacio de las Academias) convocaron a una protesta para la tarde del mismo 14. Nada menos que el rector Francisco Antonio Rísquez, con todo su prestigio de anciano honesto y sabio, decidió encabezar la marcha. A las aulas de la UCV se había reincorporado, después de seis años en La Rotunda y uno en el exilio, Jóvito Villalba, entonces el gran héroe de las protestas del 28. Su verbo potente y su voz profunda y metálica lo habían llevado a presidente de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), cuyo papel en la agitación política de aquel año sería tal que los caraqueños dirían que había dos gobiernos en la capital: el de Miraflores y el de Miracielos, donde estaba la sede de la FEV.

 

Se corrió la voz y, en un fenómeno que todavía genera admiración, prácticamente toda Caracas decidió acompañar a los estudiantes. No hay acuerdo en la cifra, en parte porque tampoco hay (ni la hubo) forma real de calcularla, pero algunos ponderan en más de cien mil personas concentradas en el centro. Otros -y para quien escribe más plausiblemente- hablan de cincuenta mil personas. El hecho es que nunca se había visto algo similar. En una ciudad que estaba sobre los doscientos mil habitantes, aquello representaba a casi toda la población adulta. López Contreras creyó seriamente que era el final de su gobierno. Tal vez la multitud se dispersaría a hierro y fuego, pero eso, según todas las evidencias encontradas por los investigadores, no fue considerado. Lo que sí hizo fue otro movimiento audaz, de los que siempre fue muy hábil, que evidentemente descolocó a todos: propuso que una comisión de los manifestantes fuera a dialogar con él en Miraflores. Es acá donde es necesario insistir en que Gómez no tenía ni dos meses de muerto. ¿Qué?, debió ser lo que de un modo u otro se preguntaron todos, ¿el presidente quiere hablar con el pueblo? En un principio se pensó que el rector Rísquez debía encabezar la delegación, pero él prefirió darle el testigo a quien veía como el futuro: Jóvito Villalba.

 

Entonces ocurrió el giro que terminó de definir la historia. Como casi siempre con Villalba, la sensación que deja es ambivalente. En ocasiones se ha dicho que Rísquez lo hubiera hecho mejor. En cualquier caso, la verdad es que, hasta donde sabemos, ni Villalba ni nadie tenía algo preparado para una eventualidad como la de llegar a Miraflores. López Contreras contemplaba varios escenarios, siendo el de la petición de su renuncia el más importante. Pero llegada la comisión e inquirida sobre sus objetivos, se limitó a solicitar la remoción del gobernador, un cambio en el gabinete, restitución de las garantías y libertades sindicales. Para quien temía su derrocamiento, aquello representaba algo más que un acuerdo favorable. Le dijo que sí a todo, despidió a la delegación y, de hecho, controló la situación. Villalba, por primera vez en su vida (y no sería la última), vio cómo la oportunidad de tomar el poder se le escurría entre las manos. Tal vez no tanto como haber asumido la presidencia, pero sí algo como un gobierno de unidad, con él adentro, o una convocatoria a elecciones. En cualquier caso, lo que comenzó ese día ya no se pudo detener.

 

Después de junio, cuando fracasó una huelga bastante mejor organizada y con fines insurreccionales más nítidos, López Contreras pasó al contraataque. Sin revivir las torturas, ni las prisiones y homicidios del gomecismo, pero con constantes juicios, carcelazos breves y otros métodos, poco a poco fue cortando el radio de acción de los nuevos partidos, en especial los de izquierda (ORVE, Organización Revolucionaria, más bien socialdemócrata, para simplificar las cosas, y el PRP, Partido Republicano Progresista, una organización de tapadera del clandestino Partido Comunista). Al final del año, mientras estallaba una huelga petrolera que se hacía famosa, apareció el llamado Libro Rojo o La verdad de las actividades comunistas en Venezuela, con documentos incautados gracias a una vasta operación de espionaje a líderes izquierdistas, especialmente a Raúl Leoni.  Bastó para “demostrar” la existencia de una conspiración comunista, apelar al Inciso 6to. del artículo 32 de la constitución, que prohibía el comunismo, y así arrestar y expulsar del país a cuarenta y siete líderes “comunistas” (algunos lo eran, pero otros, como Villalba, en realidad no) en marzo de 1937.  No en vano por aquellos días Petróleo crudo es encarcelado otra vez.

 

Trago largo o el camino a la democracia

Pero no por retomar las riendas, López Contreras renunció a las políticas aperturistas. Tan pronto como el 21 de febrero había publicado un vasto plan de reformas sociales y económicas que se conoce como Programa de Febrero, en el que venía trabajándose pero que se aceleró con los sucesos del 14 de febrero.

 

En general, la prensa actuó con bastante libertad, los sindicatos y partidos no comunistas pudieron funcionar y, al menos a nivel municipal, las elecciones comenzaron a ser lo suficientemente competitivas como para que opositores pudieran obtener algunos triunfos. Las demandas de la Asociación Venezolana de Mujeres empezaron a ser respondidas dentro de una política sanitaria y educativa general. De la formación de maestros al tratamiento de las enfermedades venéreas, de la malaria a la legislación petrolera, de la obstetricia a la construcción de carreteras, de la política financiera a los deportes, se emprendieron una multitud de reformas y se profundizaron otras en curso. Desde el color vinotinto de la selección nacional de fútbol (estrenado en 1938) hasta instituciones como el Banco Central de Venezuela o la Maternidad Concepción Palacios, aún la Venezuela de 2021 está llena de referencias a lo que se desencadenó en 1936.

 

Años después, Andrés Eloy Blanco escribió el poema “Trago Largo”, que conmemoraba el día en el que Juan Bimba había salido a la calle:

El 14 de febrero se echó el cogollo de un lao,

cogió su guacharaquita y el porteño encabullao…

Lo trajeron de la plaza con el pecho atravesao.

–Ay, mijo de mis entrañas, ¿por qué me lo habrán matao?

Y Juan Bimba decía:

–No llore, mamá, trago amargo, mi vieja,

sin mirarlo;

tómelo, mi mamá;

trago largo…

 

No sólo Juan Bimba, representación de la Venezuela rural que entonces se hacía famosa gracias a caricaturistas como Medo (Mariano Medina Febres) y Leo (Leoncio Martínez), quienes representaban de ese modo al pueblo.  De hecho, más que Juan Bimba, salieron esos muchachos que imitaban a Matamoros y cantaban sus canciones, es decir, la nueva Venezuela urbana que emergía. Y, aunque el verso se centra en los muertos, lo distintivo de la jornada fue, sobre todo, que la mayor parte de los Juan Bimba, de los jóvenes que oían a Matamoros, de los Pío Miranda, de los revolucionarios y demócratas que lo eran de verdad, de las aguerridas mujeres que cada día le arrancaban a los poderes un pedazo más de igualdad, de los estudiantes, los intelectuales y académicos como Rísquez, de los ciudadanos en general, tal vez alguno de los invidentes que estaba inscrito para las futuras clases de Braille pudieron ir a protestar por la tarde y en la noche regresar enteros a sus casas. Incluso regresar con el sabor a éxito de haber sido recibidos por el presidente y haberle impuesto algunas de sus solicitudes.

 

Andrés Eloy Blanco es el último rostro y sonido del 36 que traemos a colación. “Trago Largo”, que, a pesar de su letra tan triste, terminó siendo la letra una guaracha (otro poema suyo, “Píntame angelitos negros”, aportaría la letra para un hit en Latinoamérica y España en los años cuarenta, en la voz de Antonio Machín, pero eso ya es otro capítulo de la historia). Son ésos los rostros y sonidos de 1936, los que en conjunto empujaron la transición, y lo que,  por sobre todo, conmemoramos su ochenta y cinco aniversario: los de la protesta callejera, los de los nuevos líderes que hablan de democracia y revolución, Jóvito Villalba, pero también los gomecistas de bajo perfil que apoyaron dialogar con él, los rostros y sonidos del país que cambiaron y oían a Gardel y a Matamoros, se organizaba en partidos y sindicatos, o en organizaciones como la Asociación Venezolana de Mujeres y la Sociedad de Amigos de los Ciegos, o compraba un camión de volteo como Diego Cisneros, como primer escalón de un imperio regional; el país de Juan Bimba, de un sefardí de Salónica y Eugenio Mendoza.

 

Las transiciones son así, empujadas por líderes como Villalba, permitidas por otros como López Contreras, pero, en realidad, construidas por el conjunto de todos los demás.

                                                                            Tomado de PRODAVINCI

lunes, 17 de mayo de 2021

CS ABSUELVE A INFRACTOR DEL TOQUE DE QUEDA

 

CS ABSUELVE A INFRACTOR DEL TOQUE DE QUEDA

Chile, 25 de abril 2021

                                                                          Diario Constitucional.cl

“El acto por sí solo configura una infracción administrativa y no un delito. El artículo 318 del Código Penal trata una figura de peligro hipotético que requiere de una real idoneidad para generar el riesgo.”

“La Corte Suprema acogió el recurso de nulidad y absolvió al acusado por infringir el toque de queda, al considerar que la conducta desplegada no cumple con la exigencia del artículo 318 del Código Penal, ya que el actuar del agente no significó un peligro real ni fue generadora de riesgo, lo que es independiente a la infracción administrativa que puede perseguirse y sancionarse.

La sentencia del Juzgado de Garantía de Talca señala que el recurrente fue sorprendido el 4 de mayo del 2020 por Carabineros en la vía pública, a la 1:30 de la madrugada, en pleno toque de queda. Agrega, que el día 12 del mismo mes fue nuevamente detenido, a la 2:30 de la madrugada también en horario de toque de queda. Finalmente, el 27 de julio fue nuevamente descubierto infringiendo las normas sanitarias, transitando en la vía pública en horario restringido. En todos los casos, el imputado no contaba con salvoconducto, por lo que se consideró que los hechos configuran el delito de atentado contra la salud pública. En mérito de tales antecedentes, condenó al imputado a tres penas de 100 días de presidio menor en su grado mínimo, suspensión de cargo u oficio durante el tiempo de la condena y al pago de las costas de la causa.

La Corte Suprema acogió el recurso de nulidad contra el fallo condenatorio, al estimar que se efectuó una errónea aplicación del derecho con influencia sustancial en lo dispositivo del fallo, respecto del artículo 318 del Código Penal por la falta de antijuridicidad material y tipicidad, teniendo en consideración que la sola infracción del toque de queda no es generadora de riesgo.

En la sentencia de reemplazo, el máximo Tribunal hace referencia a que la conducta del encausado no alcanza a cumplir con las exigencias de haber puesto en peligro la salud pública, si se considera que el artículo 318 del Código Penal tipifica una figura de peligro hipotético que requiere de una real idoneidad para generar el riesgo, lo que no se cumple con el solo hecho de permanecer en la vía pública fuera del horario autorizado.”

Concluye el fallo señalando que los hechos constituyen solo infracciones administrativas, pero no un delito penal, motivo por el cual se absolvió al imputado solicitante del requerimiento formulado en su contra por el Ministerio Público como autor de tres delitos por infracción al artículo 318 del Código Penal.”

martes, 11 de mayo de 2021

LOS SONIDOS DEL 36 / II [NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, SEGUNDA PARTE]

 LOS SONIDOS DEL 36 / II

[NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, SEGUNDA PARTE]

Caracas, 3 de mayo 2021

                                                                                            POR Tomás Straka


“El ciudadano Kane, cambiar de sistema o cambiar el sistema

Entre los venezolanos, la secuencia siempre produce carcajadas. Aunque el Ciudadano Kane no trata de seducir a la que habría de ser su segunda esposa, el medio para lograrlo conduce a nuestra hilaridad. Su idea es arrancarle una sonrisa, y para eso mueve sus dos orejas. Acto seguido, le dice que le tocó dos años aprender a hacerlo mientras estaba en una de las mejores escuelas de varones del mundo. “Quien me enseñó a hacerlo es ahora presidente de Venezuela”. Comoquiera que la película se estrenó en los Estados Unidos en mayo de 1941, para el momento, el presidente de Venezuela era Isaías Medina Angarita, pero como la trama se desarrolla a principios de siglo, el presidente al que podría estar haciendo referencia sería, nada menos que, Juan Vicente Gómez. Es evidente que habló de Venezuela por nombrar a cualquier país extraño, acaso uno que de veras sonara así para la audiencia. Tal vez los historiadores del cine tengan más que decir al respecto.

 

El episodio viene a colación porque permite acercarnos al retrato del 14 de febrero desde otro ángulo poco transitado: el de quienes estaban en el poder. Es decir, el de aquéllos que al cabo decidieron cambiar las cosas y no aferrarse, a hierro y fuego, al orden existente. Ni Medina Angarita ni López Contreras ni, por supuesto, Gómez, ni en realidad ningún presidente venezolano anterior o posterior, ha sido el hijo de una familia aristocrática educado en un internado de millonarios. Era una característica más bien infrecuente en muchos países latinoamericanos de la época, que aún hoy tiene dificultad para ser comprendida por las miradas estereotipadas de muchos norteamericanos (quien escribe sabe lo que es tratar de explicarles a académicos de otras latitudes que en Venezuela llevamos más de un siglo con presidentes salidos de la clase media es un verdadero desafío).

Con casi toda seguridad, López Contreras o Medina Angarita, si vieron la película, debieron haberse reído a carcajadas. Aunque, acá también, los historiadores del cine tienen la última palabra, lo más probable es que Citizen Kane haya tenido una popularidad infinitamente menor entre el público venezolano a la que tuvo Luces de Buenos Aires (donde sale “Tomo y obligo”) o cualquiera de las otras películas de Gardel.  Pero si alguno de los gardelianos de la hora llegó a ver la escena, su reacción seguramente fue igual. ¡Uno de estos andinos estudiando en un internado con el Ciudadano Kane, habrase visto! No, quienes lideraban la transición del 36 no eran muchachos estudiados en internados elegantes, eran gomecistas. Y la transición que inicialmente estaban haciendo era un cambio del régimen, su modernización y liberalización, no su sustitución por otro. Tal vez el resultado fue ése, pero hay que entender que el Estado del que es Jefe López Contreras, aunque ya tenga a algunos connotados antigomecistas, ha heredado a prácticamente todos sus funcionarios medios y altos del Estado, diplomáticos, parlamentarios, autoridades municipales y regionales y, sobre todo, mandos bajos, medios y altos del Ejército.

 

Toda esta gente es una parte fundamental del gomecismo. Aunque la vieja élite económica, cada vez con menos poder, terminó apoyándolo o aceptándolo como mal menor. Esta élite fue sacudida por el petróleo, que creó a muchos nuevos ricos y, sobre todo, la desplazó del núcleo de la actividad económica. Aquellos agricultores y grandes comerciantes pasaron a ocupar un segundo o tercer plano en la correlación de fuerzas, cuando los ingresos que producían se hicieron casi irrisorios frente a la renta petrolera. Por supuesto: muchos lograron reinsertarse en la nueva realidad, lograron que sus hijos entraran a trabajar a las petroleras, sustituyeron el francés y el piano por el inglés y el tenis (la imagen  es versión libre de una de Mariano Picón-Salas), pero tuvieron que convivir con el verdadero núcleo del gomecismo, una alianza de clases medias y oligarquías de las provincias, que era de las que salían el funcionariado, los profesionales, los administradores de las regiones, los sacerdotes, incluyendo el episcopado, los todopoderosos comisarios y jefes civiles, los oficiales del ejército.

 

En las nuevas urbanizaciones que poco a poco aparecían en Caracas, se mudaban cada vez más generales, funcionarios, abogados, médicos y hombres de negocios que solían estar más cerca de la nueva riqueza real, la petrolera, y que lo más que podían alegar de abolengo eran las heráldicas imaginarias que el arquitecto Manuel Mujica Millán les colocaba, cuando lo pedían, en las quintas que se mandaban a construir. En 1932, ocurren dos hitos en la historia empresarial venezolana: Eugenio Mendoza se convierte en el dueño de lo que después se conocería como Materiales Mendoza y Diego Cisneros, entonces empleado del Royal Bank of Canada, decide probar fortuna comprando un camión de volteo. Ambos de algún modo apuntaban al negocio de la construcción que esas nuevas quintas expresaban, y ambos estaban poniendo la piedra fundacional de lo que serían grandes emporios. Mendoza venía de la más larga prosapia de la élite criolla; Cisneros era un joven cubano cuya madre, venezolana, había regresado a Caracas cuando enviudó. Hombres como Cisneros y como Mendoza tenían razones para apoyar una democratización (como de hecho lo hicieron después, y de forma vehemente). Y la mayor parte del funcionariado gomecista, que no eran sociohistóricamente muy distintos a ellos, también las tenía. Pero también tenía razones para temer que esa democratización deviniera en desorden o terminara siendo liderada por los comunistas.

 

Además, había otra cosa: la mayor parte de quienes de un modo u otro actuaban dentro del gomecismo, lo hacían de forma más o menos sincera. Solían estar orgullosos del cuarto de siglo de paz, de las obras públicas, del saneamiento de las finanzas, de las gigantescas inversiones extranjeras. Pero, aunque la mayoría no podía ser catalogada como corrupta o partícipe de la violencia represiva, en el mejor de los casos tuvo que al menos voltear la cara ante la corrupción de otros, o pedir favores sin los cuales era muy difícil sobrevivir. Fue un aspecto lo suficientemente grueso como para que la sociedad decidiera echarle tierra al asunto tan pronto pudiera. El punto es que había que actuar con prudencia. Las cosas en manos de alguien especialmente ofendido por la muerte o tortura de un familiar, o por haber vivido los grillos y acaso el tortol en su carne, o de un grupo que clamara venganza por la finca que perdió, por su exilio, por todas las razones justas del mundo, y con las grandes figuras quisiera meter a todos los demás que gravitaron en torno a ellas, podía generar temor en más personas de lo que inicialmente hubiera podido imaginarse.

 

La rebelión estudiantil de 1928 nos dibuja bastante bien lo que pudo representar para ellos la situación. Por una parte, era evidente que la sociedad en su conjunto (incluso muchas de las personas de su mismo núcleo social) había cambiado y quería más. La protesta de los estudiantes vino acompañada por cosas inéditas, como una manifestación de las señoritas (sus hermanas y novias) en la iglesia de San Francisco en Caracas, disturbios más o menos de carácter social en ciertas zonas populares de Caracas y un paro del comercio. Aquello hizo que la dictadura en el primer momento diera un paso atrás, aunque de ningún modo la debilitó tanto como llegaron a pensar sus opositores cuando tomaron las armas entre 1928 y 1930, en intentonas que fueron una pifia peor que la otra, siendo la más famosa la de la invasión de “El Falke”. El temor de perderlo todo y de que los rebeldes fueran comunistas, más bien logró compactar al bloque gomecista, para asombro y decepción de los opositores.

 

Otro tanto pasó con los disturbios de diciembre de 1935. Aunque los saqueos les confirmaron a muchos sus ideas sobre la necesidad de un Gendarme Necesario, documentos como el “Mensaje de las mujeres venezolanas al General Eleazar López Contreras”, redactado por Ada Pérez de Boccalandro, Luisa del Valle Silva y otras en aquel mismo diciembre, marcaban otro juego: ya no se trataba sólo de señoritas pidiendo en una misa la libertad de sus novios y hermanos, sino de peticiones, basadas en los mejores datos disponibles, sobre políticas públicas, desde controles ginecológicos al alcance de todas a la necesidad de guarderías para las madres trabajadoras, pasando por los Derechos del Niño. ¿Cómo responder a eso, pero manteniendo el control? ¿Cómo hacer cambios y evitar que caigamos en un horror como el de finales de siglo o como aquel en el que caería España muy pronto? ¿Cómo atajar a aquéllos que José Ignacio Cabrujas resumió en su Pío Miranda?

 

Anverso y reverso de Pío Miranda o sobre la revolución

Cuando en 1979 José Ignacio Cabrujas estrenó El día que me quieras, sólo mediaban cuarenta y cinco años de la visita de Gardel a Caracas. Es decir, muchos de quienes deliraron por él seguían vivos, y la inmensa mayoría de quienes asistieron a la obra tenían noticias directas por testigos, o en todo caso podían dar fe de cuán verosímil era el retrato de la sociedad que se hacía. Desde entonces ya han pasado casi tantos años como los que separaban a la première del hecho, y quienes hoy seguimos agotando las locaciones ya tenemos un recuerdo más bien vago (y en la mayor parte de los casos, seguramente no existe ninguno) de la Caracas que visitó Gardel, sus valores e imposturas. Tal vez el único caso en el que ocurre lo contrario ha sido el del personaje Pío Miranda. Los venezolanos de 2021 tenemos mejores herramientas para ponderarlo que los de 1979.

 

Clara alusión a Pío Tamayo, el miembro del Buró del Caribe del Comintern, que logró penetrar e influenciar al movimiento estudiantil del 28, para poco a poco introducir a algunos en el marxismo, y a Francisco Miranda, nuestro revolucionario y, con mayor o menor justicia, perdedor y utopista por antonomasia de nuestra memoria, se trata de un personaje cuya naturaleza es hoy mucho más nítida que cuando se estrenó la obra. Desde entonces, el derrumbe de la URSS y la vivencia de un ensayo socialista local han generado una idea más clara de lo que contenían las promesas de Pío Miranda. Sin duda, Cabrujas fue clarividente y, sobre todo, muy valeroso, ya que en 1979 esto pudo haberlo metido en un lío con el mundo cultural, entonces en gran medida marxista.   Pero tampoco caigamos en el otro extremo: no todos los nuevos líderes de 1935 fueron fraudes como Pío Miranda.

 

Hubo, sí, muchos habladores y farsantes que hicieron de la condición de “perseguidos” o “presos de Gómez” una profesión, que a título de prometer una revolución futura gorronearon a los demás (¡cuántos de esos vimos en las universidades!), que sólo eran capaces de pintar castillos en el aire. Un libro tan estremecedor como La galera de Tiberio (crónica del Canal de Panamá), que en 1938 publicó Enrique Bernardo Núñez, hace el retrato de todo lo que de rastrero había en aquella Venezuela, la gomecista y la opositora.  Sin embargo, la mayor parte de los jóvenes de la Generación del 28 entregó su vida por la modernización sustantiva de Venezuela. Fueron líderes políticos, intelectuales, científicos, escritores, educadores, médicos, empresarios, fundadores de instituciones, como el botánico Francisco Tamayo, el educador y psiquiatra Rafael Vegas, el periodista y escritor Miguel Otero Silva, el empresario Carlos Eduardo Frías, el intelectual Isaac J. Pardo, el antropólogo Miguel Acosta Saignes, el escritor Guillermo Meneses (entonces un estudiante de secundaria), la periodista y promotora cultural María Teresa Castillo, la escritora Antonia Palacios y, claro, los grandes líderes políticos del siglo XX, como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Jóvito Villalba.

 

Cuando Gómez muere medio año después de la visita de Gardel, el mensaje de estos jóvenes electrizó a una sociedad que, con el tango, el método Braille y los derechos de la mujer, quería abrazar todo, o casi todo, de lo que el siglo XX estaba ofreciendo. Que la respuesta de López Contreras haya sido abrir las compuertas para aliviar la presión, e incluso ir más allá, y tratar de liderar él mismo los cambios. Los primeros momentos parecieron poco auspiciosos. Después del shock inicial, que deja a todos con el aliento suspendido, estallan desórdenes, y no pocos tenían razones para pensar que podría volver a vivirse una anarquía como la de finales de siglo (debemos entender que las guerras civiles de las décadas de 1890 y 1900 eran algo que muchos habían vivido, siquiera de niños), o que el temor de lo que se creyó atajar en 1928-1929 finalmente había llegado.

 

Hubo actos de carácter claramente políticos, como los saqueos de las propiedades de algunos gomecistas notorios, asalto y destrucción de las instalaciones del periódico oficioso El Nuevo Diario e incluso algunos linchamientos de andinos y saqueos de sus negocios, ya que se les asociaba al gomecismo en una clave que hoy podría sorprendernos: las de una especie de pueblo extranjero y conquistador. Hoy puede sorprender (lo que demuestra cuánta agua ha corrido desde entonces), pero aún hay quienes hablan de lo de 1899 como “la invasión de los andinos”. Tan tarde como en 1932, Rómulo Betancourt publicó su largo ensayo Con quienes estamos y contra quienes estamos, con el objetivo de rechazar la propuesta, impulsada por algunos grupos opositores, de quitarles los derechos ciudadanos a los andinos en el escenario de un postgomecismo (lo cual no obstó para que en los Andes se considerara al “negro” y “comunista” Betancourt como el epígono del antiandinismo).  En otros casos, lo político se combinó con tensiones sociales de otro tipo, como lo manifiestan los linchamientos que hubo de guachimanes, sobre todo si eran antillanos. Aunque no puede decirse que se trató de algo generalizado, era una respuesta al hecho de que la seguridad de los campos solía estar en manos de “negros ingleses”, quienes en general recibían mejores salarios que los venezolanos debido a la ventaja del idioma.

 

Pero junto aquello también quedó muy claro que entre los manifestantes había muchos que sólo pescaban en río revuelto. Fotografías y filmes registraron a personas llevándose muebles y hasta puertas y ventanas de casas de gomecistas, sin ningún otro aparente interés. Los números también indican un aumento en el delito común, que estaba muy controlado durante el gomecismo.   No es un dato menor que Cruz Crescencio Mejía, alias Petróleo Crudo, sea otro de los rostros famosos del 36. Su captura, envío a la Isla del Burro y espectacular evasión lo hicieron muy popular; y la verdadera cacería y nueva aprehensión de la que fue objeto, seguida como una novela policial, fue una muestra de la modernización policial que emprendió el Gobierno. Su alias, que era un claro guiño a su color de piel, también ayuda a fijar el contexto de sus acciones. De un modo u otro, entre los discursos de los nuevos líderes y de los que eran simples agitadores, las protestas, saqueos y las aventuras de Petróleo Crudo, el temor al desorden, a la disgregación de la que hablaba Laureano Vallenilla-Lanz, comenzó a crecer. Que en las salas de cine la gente cantara “Tomo y obligo” era una cosa, pero que las pitas a Hitler y Mussolini cada vez que aparecían en los noticieros hayan generado quejas diplomáticas, ya era otra, que decía qué tanto se estaba politizando el pueblo.

 

Era cuestión de que cayera una chispa.  Y cayó, en una protesta que inicialmente no parecía acarrear nada fuera de lo particular, el 14 de febrero de 1936.”

                                                                      Tomado de PRODAVINCI

martes, 4 de mayo de 2021

LOS SONIDOS DEL 36 / I [NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, PRIMERA PARTE]

 

LOS SONIDOS DEL 36 / I

[NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, PRIMERA PARTE]

                                                                                      por Tomás Straka

 

“De eso se trató la transición. No sólo de un cambio de régimen –o, en el caso de López Contreras, de un cambio en el régimen–, sino de todo lo que pasó antes y pasaba al lado, abajo, a su alrededor.”

 

“Las formas y los rostros de la transición

En la semana del 9 al 15 de febrero de 1936, Venezuela dejó de ser la que era. Tres hechos, a los que no se les suele relacionar entre sí, nos dicen qué tan rápido y qué tan hondo estaban siendo los cambios que, desde al menos una década, la sociedad venía experimentado y que en aquel trepidante año 36 hacen plena eclosión. El martes 11 se fundó la Asociación Venezolana de Mujeres, una de las primeras organizaciones incontestablemente feministas del país. Ada Pérez Guevara de Boccalandro y Luisa del Valle Silva de Bravo ya se habían hecho sonar con un manifiesto en diciembre del año anterior, planteando públicamente los problemas de la falta de igualdad jurídica y de equidad en todos los ramos que sufrían las mujeres. Aunque no eran las únicas que se asomaban a la lucha en aquellos días, sí fueron las que dieron un paso organizándose para ofrecer alguna forma de solución.

 

El miércoles 12, un inmigrante griego, sefardí de Salónica para más señas, Mevorah Florentin, fundaba la Sociedad Venezolana de Amigos de los Ciegos. La idea era difundir el método Braille para que los invidentes pudieran formarse, y así dejar la minusvalía en que los tenía la sociedad. Y el viernes 14, una gigantesca manifestación, encabezada por el rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco Antonio Rísquez, obligaba al presidente de la República a remover al gobernador del Distrito Federal, restituir las garantías suspendidas y hacer un cambio de gabinete. Comoquiera que aquello ocurría a sólo dos meses de muerto Juan Vicente Gómez, el asombro llega hasta hoy y no pocos consideran el hecho como el inicio de la democracia venezolana, o al menos de un amplio proceso de democratización.

 

Los tres casos tienen un sentido común: persiguen, cada uno a su modo, una ampliación de la ciudadanía. Que las mujeres dejen de depender, casi como niñas eternas, de sus padres y esposos; que su asistencia a las aulas de secundaria y de la universidad no sea una excepción que inquiete a nadie; que los invidentes, demasiadas veces condenados a la mendicidad o a medrar sin ocupación, pudieran aprender un oficio, establecer un negocio, construir la vida plena a la que todo humano tiene derecho; que, en suma, todos los venezolanos pudieran ser más libres, tuvieran cómo educarse, ser productivos, decidir sobre su vida, elegir en el sentido más amplio de la palabra, sobre todo en el caso de las mujeres y los invidentes, y ser electos, ser oídos por el Gobierno, conquistar derechos, exigir su cumplimiento.

 

Por lo general, el 14 de febrero se ve en solitario y sólo desde un ángulo. En solitario, porque normalmente se le asocia a los hechos políticos inmediatamente relacionados con él (la muerte de Gómez, la apertura de López, la llegada de los exiliados, los nuevos partidos), pero no tanto así con el conjunto de los cambios más grandes que les dieron contexto y sentido. Más allá de alguna referencia a lo que el petróleo había venido significando (aspecto ineludible si hablamos, por ejemplo, de los sindicatos), sólo cuando lo vemos junto a las otras cosas que pasaron esos días, y que aparentemente son menos políticas, como por ejemplo la fundación de dos organizaciones clave de lo que hoy llamaríamos sociedad civil, es que captamos la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Y además lo captamos de forma mucho más vívida, más humana, más aprehensible. Y sólo desde un ángulo, porque sólo se comenta el valor de la sociedad que salió a la calle, el viento de renovación que significaron los nuevos líderes, la profundización de la apertura que garantizó el pueblo; pero no se ve tanto la otra cara del asunto, que es la del Estado que decide no reprimir. Como veremos, eso es tan clave como la protesta popular.

 

De modo que estas líneas, cuyo primer borrador fue escrito para un evento académico a propósito de los ochenta y cinco años del 14 de febrero, tienen por objetivo delinear el episodio en sus contornos más amplios. No se trató sólo de Jóvito Villalba en el que tal vez fue el mejor momento de su vida, o del presidente Eleazar López Contreras, que mientras más pasa el tiempo más se crece, o de los primeros partidos importantes, como Organización Venezuela (ORVE), o de “los caballeros del postgomecismo”, por emplear el título del clásico publicado por Yolanda Segnini sobre la impresionante ristra de intelectuales y pensadores que aceptaron el reto de conducir al país, casi como equilibristas sin malla, a un régimen de libertades. Se trataron de muchos rostros, destinos, acciones, voces y otros sonidos más. Se trató también de los rostros de Ada Pérez Guevara de Boccalandro y Luisa del Valle Silva de Bravo, hayan ido o no a protestar aquel día. Los de las jóvenes Panchita Soublette Saluzzo e Irma de Sola, que simplemente querían estudiar y ganar el derecho de que todas las muchachas que lo desearan pudieran hacerlo, y por eso apoyan entusiastas a la Asociación de Mujeres. Es el rostro sereno y bondadoso de Florentín, quien en vez de arredrarse por su paulatina pérdida de la visión, hizo de aquello una causa, ayudando a tantos y legando una obra de generosidad perdurable. Son los rostros, los lemas y las canciones de los millares de venezolanos que salieron a protestar, a oír cosas nuevas, a ver cómo encontraban un camino.

 

Fueron aquéllos los días en los que Ramón Díaz Sánchez escribió su Transición (política y realidad de Venezuela), que aparecería un año después, en 1937, y que hoy nos asombra tanto por sus simpatías por Mussolini y, en menor medida, por Hitler… Es decir, fueron los días en los que ya entonces se habló de una transición. Viéndola desde hoy, en efecto, se trata de un caso con suficientes características como para catalogarse de emblemático. ¿Quiénes y cómo hacen las transiciones? ¿Por qué a veces ocurren cuando nadie, o muy pocos, las esperan; y por qué en otras ocasiones no pasan, aunque se perciben como inminentes? El presente texto no pretende ser un tratado de transitología. Su objetivo es tan sólo retratar a la jornada del 14 de febrero –ni siquiera el Programa de Febrero o la huelga petrolera de diciembre– en la dimensión humana de los venezolanos que la vivieron, que la hicieron posible. A las preguntas formuladas más arriba queremos contestar, o al menos contribuir a su respuesta, delineando el ambiente que fue definiendo a las personas, sus actitudes y sus aspiraciones.

 

 

Tomo y obligo, o los cambios en la sociedad

Comencemos poco menos de un año antes. En abril de 1935, Carlos Gardel visitó Caracas. Las multitudes se aglomeraron en las calles para recibirlo, todos los testimonios hablan de un verdadero delirio colectivo, que de algún modo sentó de una mitología gardeliana que se prolonga hasta hoy: comoquiera que en junio de aquel mismo año fallecería el ídolo en un accidente aéreo, la conmoción aún se recuerda con actos en su aniversario luctuoso. La sociedad que, según se cuenta, hacía parar las proyecciones de las películas para que el proyeccionista repitiera la secuencia de “Tomo y obligo” siguió fiel al Zorzal Criollo, más allá de que cada vez queden menos que lo hagan (el cuento de “Tomo y obligo” también tiene versiones en otros países latinoamericanos, de modo que bien puede ser una leyenda que se ha reconducido por muchas vías, o bien es ejemplo de una sensibilidad compartida). En cualquier caso, quienes hemos tenido la oportunidad de conocer a alguien que haya estado en la ciudad entonces, pudimos comprobar cómo invariablemente aquello fue un hito fundamental en su vida. Ahora bien, ¿qué tiene que ver Gardel con las protestas de un año después? Por lo dicho más arriba: si el 14 de febrero de 1936 Venezuela dejó de ser lo que era, es porque procesos que llevaban al menos una década terminaron de hacer eclosión aquel día. En muchos aspectos, por ejemplo, puede decirse que el 14 de febrero de 1936 en realidad comenzó el 25 de abril de 1935.

 

En efecto, la fiebre gardeliana demuestra que la mayor parte de los componentes de la revolución democrática ya estaban allí: una masa que se manifiesta en las calles, que está hambrienta de novedades (el tango lo era, y mucho), que tiene en la radio y el cine una fuente de referencias, y que es en la ciudad donde escenifica sus grandes procesos. Otro de los rostros y sonidos del 36 era, entonces, Gardel. José Ignacio Cabrujas, con esa capacidad para diseccionar a la sociedad venezolana que lo caracterizó, no tomó en vano el episodio de la visita de Gardel en su celebrada El día que me quieras para retratar al país de la época. Ya volveremos sobre esta obra. Si a aquellas protestas habría que ponerles un soundtrack, alguna de sus canciones debería aparecer, más allá de que en lo específico no se refirieran a nada de lo que estaba pasando. La leyenda dice que Gardel le cantó a Gómez “Pobre Gallo Bataraz”, lo que se vio como una señal de oposición, que incluso le entregó sus honorarios a los exiliados cuando pasó por Curazao, rumbo a Colombia… en todo caso, son partes del frondoso anecdotario gardeliano.

 

De un modo u otro, no es posible saber qué tan politizados estaban los venezolanos en abril. Incluso es probable que la mayor parte de quienes protestaron el 14 de febrero no hayan estado en condiciones de saberlo si se lo hubiésemos preguntado aquel día, o tal vez hubieran dicho que para el momento no era algo que le preocupaba especialmente. Sin embargo, a veces se necesita sólo un detonante para que la politización latente salga a la superficie. En nuestro caso, lo fue la muerte de Gómez en diciembre de 1935. Por más vueltas que se les den a los sucesos de los días inmediatamente posteriores, a las explicaciones siempre les falta una pieza: si tan sólo se murió un hombre, ya desde hacía un tiempo disminuido por la enfermedad y la vejez, y el resto de las partes del sistema habían quedado igual, ¿por qué esperar a su muerte para salir a la calle, si ése era el deseo? ¿Es que de veras el poder de ese Gendarme Necesario era tal que valía para meter más miedo que el Ejército, la Sagrada, la policía y la infinidad de espías, comisarios y grupos más o menos parapoliciales del gomecismo juntos? Es probable que la psicología sea quien pueda darnos una respuesta.

 

El punto es que, por una parte, la gente salió a la calle. Y por la otra, un sector importante del gomecismo –uno que también había cambiado o veía los cambios, que igualmente iba al cine y admiraba a Gardel– decidió que había llegado el momento de hacer lo que hoy llamaríamos una transición. Volvamos al 14 de febrero: más allá de que estuviera sinceramente asustado por la dimensión de la protesta, de haberlo querido, es probable que el Gobierno hubiera podido controlarla con un baño de sangre. En todo caso, decidió no probarlo, por las razones que fueran, y eso es un dato que no debe obviarse.

 

En efecto, salvo que la situación devenga en una guerra abierta (como muy pronto ocurriría en España), por lo general los Estados cuentan con los suficientes recursos como para acabar por las malas con los descontentos. Especialmente si ese Estado es el venezolano de 1936, es decir, que está a sólo dos meses de la muerte de Gómez, para quien la represión era una parte esencial de su sistema (no la única, porque también apeló a muchos consensos, pero sí esencial). Una carga de caballería de La Sagrada no hubiera sorprendido a nadie, al menos antes de que la protesta adquiriera el tamaño que finalmente tuvo, que seguramente hubiera rebasado a este cuerpo policial. Incluso una matanza en toda regla no habría sido extraña para como estaban entonces las cosas en el mundo. La experiencia venezolana del siglo XX, que fue de crecientes libertad y paz, nos hace olvidar que el mundo justo iba por otro camino en la mayor parte de la centuria. De hecho, aquéllos eran días en los que el genocidio empezaba a hacerse aterradoramente comunes. En China y Etiopía ya se había visto lo que pronto se generalizaría en España y, a partir de 1939, en toda Europa. Tan cerca, temporal y geográficamente como la República Dominicana de octubre de 1937, se perpetró la última gran matanza racial que ha ocurrido en el Caribe, la de los inmigrantes haitianos. Básicamente, no reportó ningún costo para el régimen de Rafael Leonidas Trujillo, que al final saldó el asunto pagando una indemnización (Estados Unidos, que quería cualquier cosa menos volver a ocupar la isla o presenciar una guerra en el Caribe, dio por buena la solución). Es decir: el hecho de que López Contreras haya decidido no ser un asesino en una época repleta de genocidas es algo que no se puede dejar de resaltar.

 

Quien escribe no ha podido averiguar las razones exactas por las que Mevorah Florentín decidió abandonar Salónica, pero es presumible que fueron las mismas del resto de los sefardíes del puerto que en la década de 1920 comenzaron a emigrar en masa: la guerra greco-turco y el antisemitismo que el nacionalismo griego desató. Es razonable suponer que Florentín debió estar entre los caraqueños que mejor ponderaron el gesto. Aunque como todos los inmigrantes que escapan de situaciones traumáticas, debió sentir temor de que las turbulencias metieran a su nueva patria en el foso en el que había caído la suya, pero el gesto contemporizador del Gobierno rápidamente lo habrá convencido de que tomó la decisión correcta. Cuando en 1938 se les abrieron las puertas a los judíos austríacos, aquello debió haberlo emocionado tal vez hasta el llanto. Y no es que en Venezuela no había leyes raciales o incluso actos más o menos xenófobos, sobre todo en los campos petroleros (ya volveremos sobre esto), es que se hizo con ello, como en lo demás, lo posible para dejarlos atrás.

 

De eso se trató la transición. No sólo de un cambio de régimen –o, en el caso de López Contreras, de un cambio en el régimen–, sino de todo lo que pasó antes y pasaba al lado, abajo, a su alrededor. En la próxima entrega se abundará más sobre este punto."

                                                                                  Tomado de PRODAVINCI